Cuando Estefânia llegó a Siria como Coordinadora médica, sabía que iba a encontrarse con una realidad que apenas conocía. Lo que no imaginaba era que ser mujer le permitiría conocer una parte del país que, de otra manera, quizá nunca habría visto.
Hay espacios a los que una mujer puede entrar simplemente porque es otra mujer.
Una casa donde varias amigas se reúnen. Una tarde compartiendo café. Una conversación que empieza hablando de los niños y acaba hablando de los miedos, de los sueños, de lo que ocurre dentro de cada familia.
Estefanía lo llama el «mundo secreto de las mujeres sirias». Un mundo íntimo, cotidiano y lleno de vida que muchas veces permanece invisible desde fuera. Y para ella, poder entrar en él ha sido un privilegio.
Porque allí descubrió que, incluso en los momentos más difíciles, las mujeres no están solas. Se buscan, se escuchan, se cuidan. Una abuela acompaña a una hija. Una amiga escucha a otra. Una vecina ayuda con los niños. Entre ellas comparten preocupaciones, pero también risas, celebraciones y pequeños momentos de normalidad.
Sus compañeras le contaron cómo algunas, durante los años de Dáesh, buscaban la manera de seguir estudiando aunque salir de casa pudiera ponerlas en peligro. Decían que iban a visitar a familiares cuando en realidad iban a clase. Y muchas veces sus madres estaban detrás, ayudándolas a encontrar la manera de continuar. Escuchar esas historias cambió su forma de mirar a las mujeres con las que trabaja.
Porque una parte fundamental de la vida de una comunidad puede estar ocurriendo en lugares que no aparecen en los mapas ni en los informes. En las casas. En las cocinas. En una conversación entre amigas.
Ser mujer en estos contextos también le ha permitido a Estefanía acercarse a ese espacio y, sobre todo, tener la oportunidad de escuchar.
Y cuanto más escucha, más claro lo tiene. Estas mujeres no son sólo personas a las que la cooperación viene a salvar. Son mujeres que ya llevan mucho tiempo cuidándose, acompañándose y sosteniendo sus comunidades.
Quizá esa sea una de las cosas más valiosas que puede hacer alguien que llega de fuera. Abrir los ojos, escuchar y dejarse sorprender por todo lo que ya existe.
En esas conversaciones, en esos cafés compartidos y en esas redes de apoyo que pasan desapercibidas para muchos, Estefânia encontró una de las mayores fortalezas de las comunidades con las que trabaja.
Mujeres que siguen acompañándose, cuidándose y empujándose unas a otras para seguir adelante.
Porque hay una parte de Siria que sólo se descubre cuando una mujer abre la puerta a otra.
Mujeres que, cada día, sostienen la esperanza.