Antes de sostener a un recién nacido entre sus brazos, sostiene la mano de su madre.
La aprieta cuando llegan las contracciones, cuando el miedo pesa más que las palabras, cuando los recuerdos de la guerra y la incertidumbre también entran en la sala de partos. Entonces le habla despacio, la mira a los ojos y le recuerda que no está sola.
En el noreste de Siria, donde durante años dar a luz significó recorrer hasta 80 kilómetros para encontrar atención gratuita, acompañar un parto nunca ha sido solo un acto médico. Es un acto de confianza. De cuidado. De resistencia.
Rojin Shekho es comadrona. De pequeña soñaba con ser abogada. Fue su padre quien la animó a estudiar obstetricia. Con el tiempo comprendió que había encontrado otra manera de defender los derechos de las mujeres: estando a su lado en uno de los momentos más importantes y vulnerables de sus vidas.
Porque una comadrona no sólo ayuda a traer bebés al mundo.
Escucha los silencios. Calma el miedo. Acompaña el embarazo, el parto y el posparto. Responde preguntas que muchas mujeres nunca antes habían podido hacer. Protege la salud de las madres y también su dignidad. «Cuando una mujer se siente escuchada y respetada, también recupera la confianza en sí misma.»
Cada mujer que cruza la puerta de la consulta llega cargando una historia. Casi todas comparten el mismo temor: que algo salga mal. Que ellas o sus bebés no sobrevivan.
Su trabajo consiste en transformar ese miedo en tranquilidad. «Quiero que se sientan seguras.»
Y cuando todo termina, el cambio es visible. Donde antes había tensión aparece una sonrisa. Donde había incertidumbre, un bebé descansando entre los brazos de su madre.
Pero ella insiste en que esa sonrisa nunca es el logro de una sola persona.
Detrás de cada nacimiento seguro hay otras mujeres, enfermeras, médicas, auxiliares, trabajadoras sanitarias. Un equipo que se apoya, comparte conocimientos y se sostiene mutuamente para poder sostener también a quienes llegan buscando ayuda. Lo deja claro «El parto es un trabajo de equipo. Ninguna de nosotras salva vidas sola.»
Porque la esperanza también se construye así: una mujer tendiendo la mano a otra.
Al final de cada jornada, cuando una madre vuelve a casa sana junto a su bebé, sabe que ha ocurrido algo más que un nacimiento. Ha nacido un poco más de esperanza.
Y esa esperanza, en el noreste de Siria, sigue teniendo rostro de mujer porque como ella recalca «Cuidar a una mujer es cuidar también el futuro de su familia y de toda la comunidad.»