Durante un tiempo, no quería salir de casa. Su marido había quedado gravemente herido. Después murió su hija mayor que se había ido al frente a luchar para conseguir dinero para a sostener a la familia. Y mientras ella intentaba sobrevivir al dolor, también tuvo que enfrentarse las miradas y las palabras de quienes la culpaban por lo ocurrido.
«Al principio, todos me culpaban. Ninguna mujer venía a sentarse conmigo.” Recuerda Thuraiya
Se quedó sola. O eso parecía. Las trabajadoras del centro de salud en Kubash empezaron a visitarla. Entraron en su casa, hablaron con ella, la escucharon, le enseñaron. Poco a poco, aquellas visitas fueron abriendo una ventana hacia fuera. Recibió apoyo psicológico y formación sobre salud y sobre el papel de las mujeres en sus comunidades.Hasta que un día decidió salir. «Me volví fuerte. Pude salir de lo que estaba pasando y sacar a mi familia conmigo. Si yo no fuera fuerte, toda mi familia se habría caído.” En realidad ella no se volvió fuerte, ya lo era.
No fue un milagro. No desapareció el dolor. No es una heroína. Su hija seguía sin volver a casa y su marido seguía necesitando cuidados. Pero ella entendió que quedarse atrapada en la culpa y en las palabras de los demás no iba a sacar adelante a su familia.
«La vida debe continuar.” Y empezó a hacerlo. Hoy, su casa está llena de mujeres. Dos veces por semana se reúnen allí para hablar de salud, de sus familias y, sobre todo, de su lugar en una comunidad donde demasiadas veces se espera que ellas sean quienes cuiden, pero no quienes decidan.
Ella comparte con otras mujeres lo que aprendió de las trabajadoras del centro de salud. Habla de lactancia, de cuidados y de salud. Pero también les recuerda algo que para ella fue decisivo, las mujeres tienen capacidad para transformar sus comunidades. Lo que recibió, ahora lo devuelve.
Como madre líder, visita hogares, identifica a mujeres que necesitan apoyo y las conecta con información y servicios. Pero su trabajo no termina ahí. Las mujeres de su entorno también acuden a ella cuando necesitan hablar, cuando tienen un problema o simplemente cuando necesitan que otra mujer las escuche.
Entre ellas han construido una red que no estaba ahí cuando ella más la necesitaba. Y esa red también cambia vidas.
Recuerda a una mujer que había perdido a tres de sus hijos y había dejado de querer seguir adelante. La vio, habló con ella y compartió su propia historia. Poco después, aquella mujer comenzó a aprender costura. Hoy trabaja como costurera.
«Quiero que a otras mujeres puedan salir adelante como yo.” Porque su historia ya no es sólo suya.
Lo que comenzó como una forma de salir de su propia crisis se ha convertido en una forma de acompañar a otras. En su casa se reúnen mujeres. En su comunidad, otras empiezan a trabajar. Algunas recuperan la confianza. Otras encuentran información, servicios o simplemente un lugar donde hablar sin ser juzgadas.
También ha empezado su propio pequeño negocio y sueña con hacerlo crecer junto a otras mujeres, porque sabe que la independencia económica también puede ser una forma de libertad.
En las guerras, en los conflictos encallados ellas siempre han estado. Son las que cuidan, las que trabajan, las que buscan soluciones, las que escuchan y acompañan. Las que, incluso después de perderlo casi todo, abren la puerta de su casa para que otra mujer no tenga que atravesarlo sola.
A menudo, ese trabajo no aparece en los grandes relatos, pero las comunidades se sostienen también así. De mujer a mujer.
Thuraiya no dice que haya encontrado una vida fácil. Dice algo mucho más sencillo y mucho más poderoso: «Quiero vivir.” Y al hacerlo, ha conseguido que otras mujeres vuelvan a querer hacerlo también.
Las mujeres sostienen la esperanza. A veces, sostenerla significa simplemente no dejar que otra mujer caiga sola