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Blog Derecho a la salud Ucrania

La clínica que se convirtió en algo más que un lugar de tratamiento

30.03.2026
Sanitaria trabajando en un hospital en Ucrania

Irina ha trabajado en la misma pequeña clínica rural durante más de treinta años. Aún recuerda el día en que cruzó sus puertas por primera vez en 1994: joven, recién formada, segura de que ese era su lugar.

Me gusta hablar con la gente”, dice. “Ayudarlos. Cuando alguien se va sintiéndose mejor, eso me basta.”

La clínica se encuentra en la comunidad de Inhul, en el sur de Ucrania. Antes de la guerra, el pueblo estaba lleno. Vivían allí unas dos mil personas. Luego todo cambió. La gente se fue. Las casas quedaron vacías. El silencio se instaló.

Y entonces llegó la ocupación, que duró solo dos semanas. Pero Irina lo sintió mucho más largo.

Las explosiones resonaban desde ciudades cercanas: Jersón, Snihurivka. A veces parecía que la guerra estaba justo en su ventana.

En la clínica, siguieron trabajando. Los médicos cosían heridas bajo la tenue luz de teléfonos y linternas. Los proyectiles caían en las afueras del pueblo. Irina recuerda estar en casa cuando la llamaron.

-“Daba miedo”, dice en voz baja. “Mucho miedo.”

Los soldados iban de casa en casa, abriendo puertas sin avisar. Revisaban documentos, buscaban en cajones, armarios… en todo.

Hubo un momento en el que nueve personas vivían en la casa de Irina. Familias que habían huido de zonas cercanas. Entre ellas, varias chicas adolescentes, incluida su propia hija. “Por ellas teníamos más miedo”, dice.

Hace una pausa y asegura: “Aún se me pone la piel de gallina.”

Cuando el pueblo fue liberado, hubo alivio, pero no paz. La gente se quedaba dentro de sus casas. Incluso los enfermos.

-“Durante dos semanas, nadie vino”, recuerda Irina. “Tenían miedo. Todos tenían miedo.

Ella y su compañera —solo dos enfermeras— mantuvieron la clínica en funcionamiento. Un médico venía una vez por semana desde otro pueblo. El resto del tiempo, se las arreglaban solas.

Y poco a poco, la gente empezó a volver. Primero por urgencias. Luego aconsejadas, después simplemente para hablar.

La guerra había cambiado lo que la gente necesitaba. Ahora no era cuestión de medicinas solo. El estrés se había asentado profundamente en sus cuerpos. Irina empezó a ver más hipertensión, más diabetes, más asma. También pacientes más jóvenes: personas de treinta y cuarenta años.

Y algo más: un miedo que no desaparecía.

Al principio, nadie quería ir a un psicólogo”, dice. “Pensaban que era vergonzoso.”

Pero luego fue una persona. Después otra. La noticia se difundió en silencio, de vecino a vecino.

Ahora la gente le pregunta directamente: “¿Cuándo volverá el psicólogo?”

Irina entiende esa necesidad mejor que la mayoría. Después de la ocupación, su sueño se interrumpía. Su presión arterial era inestable. La vida fuera del trabajo era igual de pesada. Estaba criando sola a dos hijos. Su hijo estaba en tratamiento contra el cáncer. Su hija —todavía adolescente en ese momento— crecía en medio de la guerra. “Era demasiado”, suspira.

Y en ese torrente llegaron las formaciones de Médicos del Mundo. Los psicólogos visitaron la comunidad. Trabajaban con los pacientes, pero también con el personal médico.

Al principio, Irina participó como parte de su trabajo. Luego se dio cuenta de que ella también lo necesitaba. Ahora utiliza técnicas simples de respiración cuando el estrés aumenta.

-“Inhalo con el problema”, explica, “y cuando exhalo, lo dejo ir.”- sonríe levemente.

Aún hay solo dos enfermeras en la clínica. No hay médico permanente. La carga de trabajo es pesada. Las necesidades son constantes. Y aun así, Irina nunca habla de irse.

-“No podemos”, dice. “La gente nos necesita.”

La clínica se ha convertido en algo más que un lugar de tratamiento.

Los equipos humanitarios de Médicos del Mundo, gracias a la ayuda humanitaria europea, la visitan con regularidad ahora. Psicólogos, psiquiatras, cardiólogos. Traen medicamentos, consultas, incluso gafas para quienes lo necesita. Hay 26 pacientes encamados en la comunidad. Muchos no pueden permitirse ni la atención básica.

Pero hay algo igual de importante, aunque más difícil de medir: que la gente vuelve a este lugar. Hablan más. Confían más. Empiezan, poco a poco, a abrirse de nuevo. Irina no lo llama resiliencia. No lo llama fortaleza. Para ella, es algo más sencillo. “Esta es mi vocación”, dice.

Y cada día, elige quedarse para sanar.