Los accidentes pasan en todas partes del mundo. En un taller de cualquier ciudad, en una casa, en un descuido de apenas unos segundos. Lo que cambia no es el accidente, sino lo que ocurre después.
Abbas, nombre ficticio, llegó al centro de salud acompañado de su madre, con la mano envuelta en un trapo ya empapado de sangre. Se había cortado un dedo en el taller de su padre. Nada extraordinario, nada que no pudiera pasarle a cualquier niño curioso que crece rodeado de herramientas y ganas de ayudar.
Pero en el noreste de Siria, un corte profundo en un dedo puede marcar la diferencia entre seguir jugando… o perderlo.
En el centro de salud de Médicos del Mundo lo atendieron de inmediato. Limpiaron la herida, evaluaron el daño y le suturaron el dedo con cuidado, punto a punto. Había nervios, había dolor, pero sobre todo había tranquilidad. Tranquilidad de saber que estaba en el lugar adecuado.
Durante los días siguientes, Abbas volvió para las curas. Siempre acompañado de su madre, siempre con la misma advertencia: no tocarse la herida. Para conseguirlo, ella le hizo una promesa sencilla pero poderosa, cuando el dedo estuviera curado, le enseñaría a jugar a las chapas.
El dedo respondió bien, la herida cicatrizó y la movilidad volvió poco a poco. El dedo se salvó.
Y aunque no lo vemos, es fácil imaginar a Abbas en el suelo, concentrado, empujando un tapón con cuidado. Jugando.
Porque crecer aquí significa muchas veces aprender demasiado pronto lo frágil que puede ser el cuerpo. Pero también aprender que, cuando existe un centro de salud cercano, cuando hay personal preparado y atención gratuita, un accidente no tiene por qué convertirse en una tragedia.
En este lado del mundo, tener acceso a la salud marca la diferencia. La diferencia entre perder un dedo… o estar, ahora mismo, jugando a las chapas.
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